Aquí tenéis una nueva entrada!!!

Hemos de agradecerle a los alumnos de la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia que nos lo han facilitado de su revista Trinitarios3. Gracias!!!!!!

teologiavalencia.es, edilva.es, issuu.com

 

 

“La cruz del Gólgota no podrá salvarte del mal si no es también en ti erigida”. Esta cita del místico alemán Angelus Silesius nos introduce al misterio fundamental de nuestra fe: la redención del hombre y del mundo obrada por Jesucristo en la cruz. Ríos de tinta han corrido sobre este acontecimiento insólito que ha marcado el rumbo de dos milenios. La teología ha hecho grandes esfuerzos por explicar su valor, pero la insondabilidad del misterio de un Dios que se hace hombre cargando sobre sí las miserias, el dolor y el sufrimiento de la humanidad entera sigue provocando en nosotros reacciones contradictorias: perplejidad, asombro, escepticismo, incomprensión, devoción, consuelo y otras muchas. Muchas veces desde la sensibilidad o el arte pueden recogerse matices del gran acontecimiento salvífico que escapan a los engranajes de nuestra razón. De hecho en la cruz Cristo tuvo que enfrentarse al absurdo del sinsentido y a la falta misma de razones, hasta el punto de elevar un grito al Cielo clamando: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”.

Un Dios que muere parece una contradicción. Tal vez siglos de tradición nos han acostumbrado a ver como natural lo que en realidad es un auténtico escándalo. Es por ello por lo que debemos estar siempre abiertos a contemplar el misterio con ojos nuevos, porque el misterio de Cristo es infinito. No es simplemente algo que pasó, sino una realidad viva que llama perennemente a nuestra puerta.

El libro “Los hermanos Karamazov” está surcado de intuiciones que nos alumbran este misterio del sufrimiento y de la redención. Dostoievski nos desvela un profundo conocimiento del corazón humano, reflejado en los personajes principales de la obra. Es la historia de la violenta enemistad entre un padre y sus hijos. El viejo libertino Fiodor Karamazov y sus hijos Dimitri, Ivan, Alexei y Smerdiakov, el hijo ilegítimo que vive en la casa como sirviente. En sus relaciones se entremezclan el basto entramado de emociones que brotan del interior del hombre: el odio, la venganza, el perdón, el amor, la desesperación, la ira o los celos. El autor expresa magníficamente las contradicción humana, el misterio del dolor, el riesgo de la libertad, la agonía de la culpa y el caos que se desencadena cuando los personajes se dejan arrastrar por sus pasiones más primarias.

Nuestros actos tienen consecuencias y nosotros solemos ser los autores de nuestra propia condenación. Como decía san Felipe Neri: “normalmente somos los carpinteros de nuestras propias cruces”. Y no solo quedan en nosotros mismos, sino que nuestras injusticias repercuten en las demás personas generando dolor y sufrimiento a los inocentes. De este modo Dostoievski percibe a la humanidad como una red interconectada en la que el sufrimiento ajeno es en cierto modo responsabilidad de todo hombre. La experiencia personal del dolor puede abrirlos los ojos a esta realidad, sacudirnos de la vida cómoda en la que estamos anquilosados e impulsarnos a la entrega generosa para contribuir a un orden social más justo. De algún modo ese sufrimiento nos une a la expiación redentora de Cristo, nos abre y nos une a los demás y a Dios. No se trata de buscar voluntariamente el sufrimiento. Dante colocaba en lo más profundo del infierno a aquellos que viven en la tristeza por su propia voluntad. Pero tarde o temprano el sufrimiento llama a las puertas de todo corazón, y ese sufrimiento puede ser una puerta a la trascendencia.

Frente a las tinieblas del mundo hay una luz débil que centellea y nunca se apaga, y esa luz es la luz del amor. Por medio del amor podemos disipar las dudas, hacer frente a las contradicciones de la existencia y dar sentido a la propia vida. Basta con citar las palabras del starets Zozima, un personaje clave de la obra: “el amor es el que lo hace todo. Procure amar al prójimo con un amor inextinguible. A medida que vaya usted progresando en el amor al prójimo, se irá convenciendo de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. Si alcanza la abnegación completa en su amor al prójimo, creerá ciegamente y la duda no podrá siquiera rozar su alma. Esto está demostrado por la experiencia”.

Por medio del amor también podemos repercutir positivamente en esa armonía universal entre los hombres, ayudando a otros a que salgan de la oscuridad, abriéndoles los ojos al reino escondido de Dios y a su salvación. Muchas veces no son necesarias grandes obras. Un gesto sencillo de bondad, aun inconsciente, puede contribuir de un modo insospechado a la felicidad de otro. Así lo expresa Alexei, el personaje principal, en un discurso que pronuncia ante un grupo de niños: “Sabed que no hay nada más noble, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, sobre todo cuando es un recuerdo de la infancia, del hogar paterno. Se os habla mucho de vuestra instrucción. Pues bien, un recuerdo ejemplar, conservado desde la infancia, es lo que más instruye. El que hace una buena provisión de ellos para su futuro, está salvado. E incluso si conservamos uno solo, este único recuerdo puede ser algún día nuestra salvación”.

Sabiendo pues que todo lo que hacemos repercute en nosotros mismos y en los demás alcémonos como dispensadores de amor y de buenos recuerdos. Procuremos embellecer cada momento ocupándonos en ser felices y, en la medida de nuestras posibilidades, en hacer felices a los demás. Preparémonos para las dificultades. No busquemos en dolor, pero hagámosle frente cuando llegue con la confianza puesta en Dios y recordemos siempre aquello que decía el apóstol Pablo: “todo contribuye al bien de los que aman a Dios”.

 

Enrique Soriano Martínez