El abrazo de Jerusalén

03/12/2015 20:34:10

 

“El abrazo de Jerusalén”, editado por Paulinas, está escrito con motivo de un hito en la historia del cristianismo. Un hito que se produjo el día cinco de enero de mil novecientos sesenta y cuatro, del que acabamos de celebrar su cincuenta aniversario. Dos protagonistas: Pablo VI y Athenagoras. Un lugar geográfico: la colina frente a Jerusalén, rompiendo con la hasta ahora estancia habitual de los Papas en el Vaticano. Dos Iglesias: Católica y Ortodoxa. Un encuentro decisivo con el que se rompían siglos de distancia entre dos Iglesias cristianas que por fin se reconocían de nuevo hermanas.

 

Su autora, Valeria Martano, es la mejor estudiosa de la vida de Athenagoras, del que dirá Juan Pablo II, que desde el abrazo de Jerusalén se ha convertido para muchos en el rostro del Oriente cristiano,  y una gran estudiosa del Oriente cristiano y de las relaciones entre las Iglesias Católicas y Ortodoxas que fueron durante muchos años inexistente, llegando incluso a girar la cabeza ante la otra, cuando se encontraban, parte para no tener que saludarse, porque no se reconocían mutuamente como cristianos. El último encuentro mantenido entre un patriarca ortodoxo y un Papa se había producido entre José II, Patriarca de Constantinopla y el Papa Eugenio IV en 1439, donde José II fue obligado a besar el pie de Eugenio IV, siendo tomado este gesto, por la Iglesia ortodoxa, como una humillación.

 

El libro se divide en tres grandes partes: 1-Jerusalén. 2-El sueño de la unidad. 3-Iglesias hermanas. Vamos a hacer un recorrido por cada una de ellas sacando las ideas fundamentales.

 

Primera parte: Jerusalén

 

Después de 500 años de separaciones entre ambas Iglesias, en Jerusalén que nace la Iglesia indivisa, renace de nuevo. El abrazo entre el Papa y el Patriarca hace renacer en todos la atmósfera de Pentecostés. Se unen para separar las diferencias (canónicas y teológicas) que desde hace siglos dividen a las dos Iglesias. Abrieron una nueva época, marcaron una nueva era. La era del encuentro, del reconocimiento. Es Pablo VI el que sale al encuentro de Athenagoras y lo hace con los brazos abiertos. Nace la “primavera” eclesial.  

 

A continuación otro gesto de Pablo VI que resulta importante en este encuentro: Renuncia al trono preparado para sentarse el Papa y se sienta junto a Athenagoras en una esquina donde habían dos sillones iguales, evocando la renuncia  a la supremacía y recuerda el diálogo “en plan de igualdad”.  Una conversación marcada por palabras de gratitud a Dios, de esperanza en un futuro de unidad y reconciliación. Podemos decir con el título del primer capítulo que: “La Iglesia indivisa renace en Jerusalén”. Se trataba, como dice Giovanni Spadolini, de “el retorno al espíritu de fraternidad y de tolerancia que brilló en los Evangelios”.

 

Segunda parte: El sueño de la unidad

 

Con el abrazo de Jerusalén, podemos decir que nace un nuevo método ecuménico en el que adquiere un valor decisivo el encuentro personal. Se trata de reconstruir el originario vínculo de fraternidad entre hombres y pueblos.

 

Será Monseñor Pierre Duprey quien medie en este diálogo ecuménico que se verá oportuno con la llegada al trono de Pedro del Papa Juan XXIII, que había vivido veinte años en Oriente, y que visitaría el sínodo ortodoxo el 26 de agosto de 1925, insistiendo en la necesidad de buscar lo que nos une. Habla de respeto pero, sobre todo, de fraternidad.

 

Juan XXIII, consciente de la necesidad ecuménica, anuncia a algunos cardenales (25/01/1959) la convocaría de un Concilio ecuménico: “Dirigimos una amable y renovada invitación a nuestros hermanos de las Iglesias separadas a participar con nosotros en este convite de gracia y de fraternidad, al que tantas almas anhelan desde muchos puntos de la Tierra”.

 

Esta invitación a toda las Iglesias separadas, hace que los patriarcas de diferentes Iglesias ortodoxas se reúnan y prepararen un gran concilio de la ortodoxia, que tendrá lugar en Rodas, en septiembre de 1961, y en el que estarán presentes representantes de casi todas las iglesias ortodoxas y observadores de las Iglesias de la Reforma; y algunos sacerdotes católicos que siguen el trabajo en calidad de periodistas. Dos años más tarde, volverían a reunirse de nuevo en Rodas, llegando a la importante decisión que cada Iglesia pueda abrir separadamente, un diálogo con la Iglesia Católica en plan de igualdad. Las distancias entre ambas iglesias se van acortando. Se programa un encuentro entre Juan XXIII y Athenagoras que no llegaría a realizarse por el agravamiento de la enfermedad del Papa y a la muerte de este, el mismo Patriarca se acerca personalmente a la Delegación Apostólica a manifestar sus condolencias.

 

Un camino abierto que tendrá que recorrer su sucesor: Pablo VI. El mismo que en la misa de su pontificado dirá sobre la herencia ecuménica de su predecesor: “el cual, bajo el soplo del Espíritu Santo, hizo nacer en este campo inmensas esperanzas, que nos consideramos como un deber no desilusionar”.

 

El definitivo encuentro se dará en 1964 y sobre él dirá Athenagoras, que tiene un gran objetivo: “reencontrar a Cristo, presente entre los que están unidos y no separados… para escribir un mensaje de una nueva época, en esta Ciudad donde fue escrita la historia del universo, en cuyo desarrollo se encuentra el mundo entero, todavía más lejano que los confines de la Iglesia, hasta donde se extienden la fuerza, la influencia y la civilización del cristianismo”.

 

Tercera parte: Iglesias hermanas

 

Durante los meses y años posteriores, se van produciendo avances y retrocesos. Uno de estos avances es la restitución de las reliquias de San Andrés, que estaban custodiadas en Roma, reconociendo, con este acto, el fundamento apostólico de la Iglesia griega. Otro gesto será el anillo episcopal que Pablo VI regaló a Athenagoras, perteneciente a Juan XXIII. 

 

En noviembre de 1964 se aprueba, por casi unanimidad, el decreto de la Iglesia católica sobre ecumenismo: Unitatis Redintegratio. Pero el paso mayor se daría cuando el 7 de diciembre de 1965, Roma y Constantinopla cancelan las recíprocas excomuniones.

 

Conclusión:

 

Podemos concluir diciendo que tanto Athenagoras como Pablo VI constituyen un ejemplo para creer en el diálogo ecuménico. Y termino con las mismas palabras que V. Martano concluye su libro. Son de Athenagoras: “Nosotros contemplamos la situación actual con una profunda esperanza cristiana y con un profundo sentido de responsabilidad por el tipo de mundo que saldrá de la situación de hoy. Esta es la hora de la Iglesia: unidad, esta debe ofrecer orientaciones cristianas al nuevo mundo que nace”.

 

 


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La Misná.

27/07/2015 08:43:03

La semana pasada, caía en mis manos una edición de ediciones sígueme de Carlos del Valle y al ojearla quedé admirado de la cantidad de preceptos/Normas/leyes que debían cumplir los judíos. 

La “mishná” es una obra de arte en toda regla, se trata de la codificación más antigua de la ley oral rabínica, predecesora al Talmud. "Recoge muchísimas de las tradiciones de las que se hacen eco también los evangelios y otros escritos cristianos" "y es indispensable para conocer al detalle muchos de los aspectos de la vida judía y que explican en buena parte las supervivencia del judaísmo, incluso en las condiciones más adversas"

Como prueba de ello, a continuación transcribo alguno de sus artículos.

 "Si una piel tiene ligada a ella tanta carne como la cantidad de una aceituna, quien tocare alguno de sus filamentos  que se desprenden...es impuro"

"Si el sumo sacerdote ungido tomó una decisión para sí mismo  erróneamente y, en consecuencia, actuó por error, deberá ofrecer un toro. Si lo hizo, pero obró con premeditación, o si lo hizo con premeditación, pero obró inadvertidamente, está absuelto..."

"Samuel, el pequeño decía: No te regocijes cuando cae tu enemigo ni te alegres cuando el tropieza, no sea que lo vea el señor, le parezca mal y retire de él su ira"

"Si dice a uno en la plaza ¿dónde está mi buey que robaste?, y aquel dice "No lo robé" y hay testigos que testimonian que lo robó, ha de pagar el doble. Si lo mató y lo vendió, ha de pagar el cuádruple o el quíntuple. Si aquel ve que los testigos van acercándose lentamente y dice "lo robé pero no lo sacrifiqué ni lo vendí. No ha de pagar más que su valor.

Seis son los órdenes que agrupan los diversos textos: Orden primero: Semillas (zeraim); Orden segundo: Fiestas (moed); Orden tercero: Mujeres (nashim); Orden cuarto: Daños (nesiqin); Orden quinto: Cosas sagradas (qodashim); Orden sexto: Purezas (tohorot).

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